Presado – Fusente

Panel Consultores en Gestión

Mayo 2016

En el Metro uno se da cuenta. En las noticias, al cruzar una esquina, en el ambiente. Parece que estamos en un cambio de época y nos cuesta leer hacia dónde va la micro. ¿Evolución o involución? ¿Qué es lo que estamos viviendo?

No se trata de ser optimistas o pesimistas. La idea es encontrar alguna luz para poder leer los signos de los tiempos. Ocurre que la sociedad cambió. El mundo es otro, totalmente distinto al que vivimos hace apenas unos 40 años. Chile mastica su propio proceso. Luego de 30 años de fuerte crecimiento económico y un casi nulo progreso cultural, espiritual y moral, el País parece añorar valores perdidos, a la vez que busca recetas para una utopía que no llega. Un nuevo Chile progresivamente inimaginable necesita nacer.

Ahí, pareciera que los términos conocidos no nos resultan suficientes. Todo se está refundando. Partidos Políticos con nuevos nombres, una nueva constitución, poca claridad de dónde encontrar esas tres o cuatro verdades absolutas a partir de las cuales entender el mundo. Es que todo es relativo y nos urge contar con esa palabra nueva que nos dé la capacidad de comprensión que hemos perdido.

¿Cómo mirar en perspectiva nuestras propias vidas? En busca de un lenguaje nuevo, pareciera factible detectar en el colectivo social a aquellos que se encuentran en el “presado”. Son los que miran el presente con una nostalgia por el pasado. Ven cómo se les escapan de entre los dedos, esos principios, esos valores, esas ideas que parecía, existirían para siempre. Se les desdibuja el amor por la Patria. Miran a sus congéneres que no están ni ahí y no ven espacios posibles para dialogar con ellos. Ellos, ellos no es claro que deseen diálogo alguno. Se ven irreverentes, irrespetuosos, tatuados, anárquicos. Los ven y se ven sin salida, descontentos, con cara de ya basta.

En la otra vereda una luz entusiasma. Hay otros, otros que viven en el “fusente”. Con visión de futuro pero el arado en el presente. Son aquellos que tienen sueños. Abrigan anhelos virtuosos que van mucho más allá que vencer la incomodidad, el descontento o la defraudación. No es que estén incómodos o indignados. No se miran a sí mismos. Están dispuestos a abandonarlo todo, a salirse de sí para configurar propósitos llenos de dar.

Siendo mayo, qué mejor ejemplo que el de Arturo Prat. Él vivía en el “fusente”. Tenía en su corazón una idea de Patria libre. Tenía sueños. Se había forjado una vida basada en ideales, sin tener muy claros los caminos. No era un Quijote perdido en el futuro. Más bien hacía futuro en sus acciones presentes. Y fue así que saltó al abordaje de la historia y puso los elementos para que se pudieran construir y unir los imaginarios de un Chile por los siguientes doscientos años.

Es que cuando vivimos en el “fusente”, buscamos lo mejor de verdad. Nos interesa menos el presente a secas. No nos resulta factible siquiera vivirlo. Y respecto del pasado, lo apreciamos como la historia que nos llevó hasta acá. Cuando vivimos en el “fusente”, mucho más que las nostalgias del pasado o los inconformismos del presente, nos disponemos sin más, a hacer un mundo mejor. Los que viven en el “fusente” son capaces de esperar, de sembrar antes de la cosecha. El primer indicio de estar en la ruta correcta, es que dejamos de pensar en nosotros mismos. Vamos y lo hacemos todo por nuestros hijos. Lo hacemos por dar. Lo hacemos por emprender. Lo hacemos por trascender.

Entonces, sólo entonces, el futuro se nos deja caer a ratos de visita en el presente. Y sólo a modo de ejemplo, no pensamos ya en la obsolescencia programada para generar demanda, sino en mover montañas, en remar mar adentro, en hacer futuro a partir de hoy mismo.

Iremos mejor cuando volvamos como sociedad, a tener ganas de tener hijos. Cuando podamos volver a pensar a largo plazo. Iremos mejor cuando respetemos a los mayores, no por mirar hacia atrás, sino más bien hacia lo que seremos en un abrir y cerrar de ojos. Iremos mejor cuando busquemos desvelarnos por motivos valederos. Cuando queramos “hacer empresa”. Iremos mejor cuando redescubramos esos valores perdidos, no porque los olvidamos y se nos quedaron enredados en lo que fuimos, sino cuando caigamos en la cuenta que nos resultarán imprescindibles para conquistar un mejor futuro.

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