Inteligencia Natural

La inteligencia artificial nos asoma por estos tiempos a un mundo de confusas fronteras entre el significado mismo de realidad y el imaginario de ésta.

Hace unos días China presentó a un señor virtual, lector de noticias, al tiempo que el Parlamento británico recibía la visita de un robot y dialogaba con éste.

La cuarta revolución industrial se toma los foros y las universidades convocan a sus audiencias para contribuir a entender este futuro que ya llegó, en el que desaparecerán empleos y las carreras tradicionales quedarán obsoletas. WALL–E, la película dirigida por Andrew Stanton y estrenada el año 2008, amenaza erigirse como toda una profecía.

Ahí estamos, intentando leer el ritmo de los acontecimientos empujados por una inmediatez de rasgos frenéticos. Un “futuro presente” que va reconociendo a su paso nuevos fenómenos tales como el analfabetismo digital, el poder migrando a fronteras aún desconocidas, la relativización de los acuerdos sociales existentes, el contrapunto entre la judicialización de la vida y la obsolescencia de numerosos marcos jurídicos.

La paradoja es que la “inteligencia artificial” existe porque fue pensada y desarrollada por la ahora, aparentemente frágil inteligencia natural, humana, esa misma que se inclina ante el descubrimiento de un futuro que la desborda. La inteligencia artificial será capaz de traducir idiomas en simultánea, permitirá realizar cirugías mediante nano robots y superar quizás los límites del envejecimiento.

Ningún ajedrecista se atreve por estos tiempos a jugar una partida contra un computador. Pero el computador no inventó el ajedrez y por cierto no generó antes las millones de alternativas de juego capturadas desde centenares de partidas concebidas por mentes brillantes.

Al tiempo en que están en juego los liderazgos económicos y más a fondo los modelos y propósitos de humanidad, se disputa esta particular batalla de protagonismo, de trascendencia y liderazgo humano. Y ante esa disputa la filosofía parece estar enmudecida.

No obstante, ahí, en la frontera entre la inteligencia natural y aquella bien denominada “artificial”, pudiera ser factible que nos reencontráramos con una vertiente ordenadora de caminos y destinos. Porque ocurre que la inteligencia natural, aquella propiamente humana, está contenida en nuestro ser. Es consustancial al hombre y en consecuencia, sólo una débil llama, si se le escinde de su totalidad. Esa inteligencia por ser humana, despierta y se transforma cuando se asocia a la voluntad. Entonces y sólo entonces, esa inteligencia es susceptible por ejemplo, de privilegiar una decisión producto de una “corazonada”. Porque la inteligencia natural no hace lo que quiere, más bien se mueve porque quiere lo que hace.

Esa mezcla imbuida de conocimiento, de experiencias vividas y de circunstancias, finalmente se plasma en el reservorio de nuestra “inteligencia unida a la voluntad”. Y esa amalgama, factiblemente se convierte en eso que llamamos “talento”. Quizás sea el talento la frontera más clara para delimitar el abismo que siempre distinguirá el dominio de la inteligencia artificial, de su inagotable fuente creadora de la que surge; la inteligencia natural, la inteligencia humana. Aquella que es acreedora de ser juzgada moralmente por sus actos, justamente porque discierne. Esa que es capaz de conectar su conocimiento con propósitos y de darle sentido a su entendimiento, por sobre la mera comprensión de los datos.

La inteligencia artificial está en la nube. Quizás la inteligencia natural, la inteligencia humana, esté almacenada en el alma.

Por estos tiempos, en las empresas, el desafío se centra y se concentra prioritariamente en darle sentido de propósito al “saber hacer” corporativo. La digitalización, blockchain, la robótica, lean, TPM, big data, son herramientas extraordinarias, que desplazan fronteras, pero que siempre requerirán de sensatez, intuición, voluntad, lucidez, valentía y hasta de corazonadas, para ser aplicadas en la dirección y sentido correctos. Siempre será prioritario vigilar cómo es que esa decisión grande o pequeña que vamos a tomar, elevará al hombre y lo hará mejor persona.

Gran tarea para la alta dirección, responsable de liderar y de iluminar el talento al servicio de grandes propósitos. Gran tarea la de encender ese talento que desde el saber descubre la verdad y que seguidamente, es capaz de amar.

Sergio Germain Fonck