Emergencia
Del latín “emergere” (salir a la superficie, surgir o aparecer), el diccionario etimológico afirma que en el origen, el término aludía al acto de brotar o irrumpir. Luego evolucionó hacia el significado actual de “una situación inesperada que aparece y requiere acción inmediata”.
¿Será acaso esta condición o estado, de tanto andar, una suerte de trazo inconfundible de nuestra humanidad?
Inevitablemente y a modo de primerísimo ejemplo, se me viene a la mente la imagen de un parto, esperado por nueve meses al menos, pero que al momento de manifestarse, siempre actúa de sorpresa para todos sus incumbentes. Partiendo por supuesto por la mamá y el papá y luego la familia y los cercanos. Más todavía antaño, cuando no sabíamos el sexo y ahí la sorpresa siempre deslumbraba y cegaba la incógnita con su luz.
Lo mismo ocurre en suerte con la salud, ante su constatación feliz por supuesto, pero igualmente en aquellas historias nunca añoradas, que regalaron no obstante, muchas veces, resurrecciones de vida en incontables almas. De seguro ha sido así, porque un destello de vida enciende más fruto que la inexistencia, esa que sin importar su vastedad, sencillamente no es.
¿De probar el fruto de la sabiduría plena, de esa idea de apropiarnos en suerte del “Derecho de Autor” no fue acaso que caímos presos en esta cárcel de muerte en los extramuros de la eternidad?
¡Es que los derechos sociales no se tocan!
Es que el gobierno no está para fabricar emergencias sino para resolverlas. Es que no se le pueden bajar los impuestos a los más ricos, para aumentarle la carga a la clase media y a los más pobres.
¿A partir de qué nivel de riqueza es que se pierde la ciudadanía? ¿Y a partir de qué precariedad nos convertimos en carga obligatoria para los otros y dueños de una ciudadanía sin obligaciones que honrar?
Con qué fuerza nos acomoda en definitiva, que la culpa sea de los demás.
Las interpelaciones derivan la atención hacia la versión justiciera de cada uno de nosotros, respecto de los otros.
Se acabó la luna de miel dicen, y la inmediatez se ha instalado nuevamente en el reality del poder.
Mientras, en un mundo nunca antes visto de tanta riqueza y bienestar, miserias eternas más que de pobreza de maldad, van germinando el que resulte caro tener hijos y educarlos. Cacofonía de aeropuertos atestados de viajeros que deambulan por el mundo, que no quieren saber nada de los políticos, ni de los ricos, ni de los gobiernos, ni de los vecinos, ni de los otros, ni de compromisos que restrinjan su propia voluntad.
Amantes de esa autonomía complaciente, que no saben de la templanza que demanda el autodominio, ese que es el verdadero artesano de la libertad.
Es que esta generación “vivaldi”, es que no lo vimos venir. Es que tanta mediocridad dando vueltas y pasándose las luces rojas, me demuestra que estamos mal. A ellos me refiero. A los demás.
Tiempo vertiginoso que me dejas en “vistos”, cuánto quisiera conversar contigo de todo lo que nos une, al amparo de un buen café. Para humanizarnos ¿me entiendes? Ten presente que la “inteligencia artificial” es un dato que vino para quedarse. ¿Pero crees que algún día podrá irrumpir en nuestra humanidad la voluntad artificial?
Marzo ha querido decirnos que nuestro querido Chile nos necesita imperiosamente. Es que nosotros somos sus frutos. Y el terruño en el que somos, no puede remediar el devenir de su pueblo sin tocarnos.
Desearíamos que los frutos no requirieran de semilla alguna y que no necesitáramos plantar el árbol, hacer el huerto, o criar los animales y darles de comer, aunque sus frutos fueran tardíos, llegados a veces, pero libres del peso de un agotador esfuerzo.
Pero así no se puede. Urge que nos pongamos delante de la carreta, para madrugar el futuro que siempre aterrizará en su implacable presente.
Chile largo y angosto, ¿cómo harás para que tus hijos te amemos en la honestidad de nuestros esfuerzos y no en la mezquindad de nuestros derechos? ¿Cómo harás, para que no esperemos la dádiva mágica del Paraíso, sin habernos ganado antes el buen pasaje de vuelta a tan añorado destino?
Marzo sóplame, que será haciendo el bien hasta agotarnos y gastarnos, de puro valer la pena en los demás.
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