La Copa

Ocurrió en un planeta imaginario o quizás si en sueños, pero si fuera ese el caso, debiera precisar que me refiero a esos avatares tipo “Jumanji”, en los que uno se despierta con un dejo de duda, de quizás haber estado ahí antes. 

Sin envidiarle ostentación alguna al Coliseo Romano, el mundo se había congregado una vez más para la justa planetaria del fútbol. Las luces y Drones las hacían de Vía Apia.

Esta nueva versión sería la mayor de la historia en número de países, la primera con inteligencia artificial instalada, dueña de una inmediatez promotora de cada detalle, evaporado por una realidad avanzando sin tregua.

Lo del VAR ya se sabía, también la iniciativa de hidratación a medio tiempo. Las apuestas, más que debutar lo hacían al fin como titulares de un medio con el poder de capturar el flujo del dinero y desvanecer a la vista de todos, irresponsables incidencias. 

Pero en ese otro planeta al que me refiero, ese real, cual espejo del imaginario, fue que una norma aglutinadora marcó una impensada diferencia. Insisto que sólo ocurrió en este caso que relato, en el planeta imaginario del que hago referencia. ¿O me estoy confundiendo?

Las selecciones se definirían mediante una tómbola. 

Cada país debería presentar a un total de cuarenta jugadores, pero los once que entrarían a la cancha lo harían por favor del azar. El objetivo, evitar la ventaja de unos sobre otros, el cartel entre los dotados de siempre y la realidad injusta para aquellos que no habían podido contar con la misma suerte.

Comenzaron los partidos y el público inquieto esperaba sangre. Los elegidos cual Gladiadores, no obstante, pausaban la rotación del balón. No había apuro y al poco andar, una indignación fue permeando las graderías como una ola de repudio. 

En paralelo, los comentaristas demostraban verdadera incredulidad y el punto que rebalsó el vaso, ocurrió cuando el descarte para avanzar hacia las rondas finales, se decidió que lo determinara la FIFA. Ahí la ofuscación fue máxima y el torneo se detuvo por varios días. 

Había que encontrar una solución y rápido. 

En ese planeta imaginario eligieron entonces un parlamento que se encargaría de negociar con el poder ejecutivo radicado en la FIFA. Entonces los elegidos definieron reglas nuevas y una serie de reglamentos para evitar los abusos de poder y lograr una contienda justa. 

En medio de esos verdaderos cabildos, surgió de pronto un líder que apuntando a los presentes les preguntó qué era lo que estaba mal, qué les atormentaba. 

Ya me encontraba casi despierto, en esas madrugadas en las que nos adelantamos un par de minutos a la alarma del despertador, y no sabemos si apagarla o seguir descansando esos tres minutos que nos quedan. 

…..los derechos dijo un tímido, mientras la trifulca se hacía tan ensordecedora que ya nadie escuchaba nada. 

Los matinales en ese planeta imaginario se dedicaron entonces a reportear durante horas los conflictos entre partes, mientras todo se iba enredando en un sinsentido escalofriante. 

Es que al Presidente le falta relato. Es que tiene un performance tieso y poco espontáneo. 

Un grupo propuso que los jugadores tuvieran un sueldo mínimo. Luego fueron más radicales y la consigna era menos codicia, más bien común. Menos competencia, más comunidad, menos libertad, más FIFA. 

Más propiedad sobre los sueños y fuerte control sobre los inescrupulosos dueños de premios inmerecidos. 

Por fin el despertador sonó fuerte y ese planeta imaginario dejó de hostigarme. Me levanté y mientras tomaba desayuno, como de costumbre abrí el Diario y me reiteré en las preocupaciones por la cesantía que viene creciendo, y los datos acerca de los retrocesos en la enseñanza. Me salto los agobios propios de la salud o de la seguridad porque la brecha asusta un poco. No resulta buena manera de comenzar el día. 

En el Planeta real en el que vivo, aquí al sur del mundo, constato a modo meramente ejemplar que necesitamos (lo puedo decir responsablemente) no más de la mitad de las Universidades vigentes, y valga lo mismo para las Carreras que en ellas se imparten. Mientras, pienso que urge al menos doblar la cantidad y calidad de los Jardines Infantiles y la formación escolar básica. Para que luego no sea indefectiblemente tarde.

Cierro el Diario y parto a la pega con la ventaja de mi memoria intacta, de cuando en este país real los deberes encendían las esperanzas y los resultados de pronto aparecían solos. 

Día nuevo, aquí vamos.

 

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