De los acuerdos
Ese día se levantó temprano. La verdad es que no durmió nada de bien, con un sueño liviano y en sinónimo de alerta. Era recomendable descansar. Pero la reunión que tendría en pocas horas más, por la mañana, marcaría al menos su destino próximo de manera determinante.
Tenía claro en qué cedería y en qué de ninguna manera. Estaban ahí sus puntos fuertes, el aumento de renta por supuesto y algunos beneficios que le parecían tanto o más relevantes que el monto de sus ingresos.
Me la tengo que jugar.
Tenía su férrea intención de lograr que su próximo paso marcara un antes y un después en su vida, que pudiera ver en el futuro lejano, al recordar ese día que sería mañana por ahora, con verdadero júbilo.
¿Cómo no iba a importar su vínculo con María? ¿Cómo pudiera pasar desapercibido por los otros el provenir nada menos que del inicio de Adviento?
Le dio un beso a su musa y salió rampante hacia su destino, provisto de una gran determinación. Negociar. De eso debía de tratarse. De escuchar y luego argumentar, de encontrar los puntos débiles y hacer prevalecer sus argumentos o atributos fuertes.
No obstante, escondía un temor. Porque todo le parecía, que había transcurrido demasiado rápido. Como que en un pestañar ya lo habían llamado y el famoso tiempo, se le había venido encima con toda su portentosa levedad.
Se estacionó con poco más de cinco minutos de adelanto, cerró el auto y subió por el ascensor hasta su destino. Al llegar lo esperaba una diligente secretaria que lo hizo pasar y antes que él alcanzara a decir palabra, lo interrumpió y le dijo, “usted es el número nueve”. “Tome asiento por favor”.
Sin duda tal aseveración le resultó extraña, pero la certeza en el hablar de la mujer lo hizo actuar con obediencia.
A su favor pensó nuevamente, estaría el tiempo. Esgrimiría su capacidad de antelación a los grandes sucesos por ocurrir y sería generoso en repartir los protagonismos en señal de flexibilidad. No querría perder su ascenso por una cuota incontenible de mezquina ambición.
Miró por la ventana mientras esperaba y vio cómo algunos árboles de navidad comenzaban a vestir las vitrinas y la ruta de algunos paseos peatonales de esa gran urbe. Sus pensamientos se distrajeron, y fueron decantando en la fantasía imposible de anticipar, cuando la mente deja de sujetarse a un propósito firme y es capaz de perderse hacia cualquier lugar.
El edificio lo distrajo también. Le parecía más alto que lo atingente al piso en el que estaba. Le llamó la atención a su vez, su propia despreocupación por la hora y su decisión un tanto absurda de no querer mirar su reloj. Se dio cuenta también que se le había quedado el celular allá, en su origen, de cuando había partido resuelto a la reunión, pero más, el darse cuenta que no lo echaba de menos para nada.
Pasó el tiempo de manera ramplona y sus miradas de cielo se fueron desnudando, como en un modo parecido al sueño o a esos sentimientos de luz que no entendemos, que reconocemos como destellos y que imaginamos, habitan en algo que llamamos espíritu, o cielo o bien eternidad.
Estaba relajado sin duda.
Entonces, de pronto, la secretaria lo llamó y le pidió pasar.
Ahí estaba su Anfitrión, el Gran ERU.
Y antes de abrir la boca, le dijo: Tú eres el noveno.
No entendió bien a que había de referirse y para tratar de recuperar la iniciativa, le dijo: Soy noviembre. Y llevo toda esta historia del tiempo detenido en el preámbulo de las noticias de paz. Y creo merecerme un reconocimiento. Apelo Gran ERU a su autoridad divina, para que mi existir sea realzado y tenga por fin un asiento en lo que ha de venir.
El Gran ERU le insistió con la solemnidad de sus Palabras ….Eres el noveno.
¿Pero cómo?
Y con la paciencia de Padre y de Creador de todo lo existente, le dijo tal cual: ¿Es que no sabes que Noviembre significa literalmente “noveno mes” del latín novem? ¿No sabes que el calendario romano comenzaba en marzo y que tú eras entonces el noveno mes del año?
No te entristezcas por cuestiones de acuerdos le dijo el Gran ERU.
Enfócate mejor en los liderazgos, para que a la usanza del viento, muevan las esperanzas de la Luz que necesitamos. ¿Qué no te das cuenta de tu valor cual Profeta?
Entonces, Noviembre sintiéndose amado, le entregó en fruto el anticipo de todas las velas de Adviento, a su nuevo Diciembre que venía llegando.
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