En los confines
Casi terminando enero, el año exigente que ya se fue, nos dio permiso para tomar unos días de descanso. Partimos con mi señora los dos juntos a los confines de la tierra, dejando todo en pausa.
Los años dorados son ese tiempo propio que nos llegó y que sin embargo quisiéramos ser capaces de no gastarlo abusivamente. Vivirlo, pero no tanto, balanceando presencia presente en la familia, con la libertad y anhelos de nuestros años viejos, sin pedirle a tiempo alguno que retroceda a lo ya transitado.
Es que no es fácil equilibrar la vida hecha en los otros, con la contenida en nuestra propia alma y en su historia acumulada, viajada de tantas rotaciones de días y de noches, de tormentas y calmas, de glorias y gozos, e incluso de luces y sombras asustadizas y temores de haber quizás caminado en vano.
Y heme aquí, escribiendo acerca de lo que tuve en suerte volver a ver, pero en esta oportunidad desde la perspectiva de alguna idea de tiempo detenido, en la certeza que ese anhelo no es más que una utopía. De hecho, entre idas y vueltas ya se comió el único enero que traía el 2026, insinuándole que no se sintiera año nuevo en ningún caso, y que en contrario, fuera tomando razón del vértigo, de la imposibilidad de predecir en los hechos, hacia dónde es que estamos caminando.
Debo decir que las ideas de espacio y tiempo me han interesado siempre. Me refiero al meditar acerca de la vida finita que explora la eternidad, y del espacio en el que habita, anhelando el paraíso.
Es que la eternidad no es más tiempo respecto de la vida, sino que la facultad de ser sin tiempo.
Es que sin tiempo el espacio no existe, o resulta estéril o de nula facultad.
Atravesando el istmo, en los confines de la isla más grande después de la principal, llegamos a nuestro reducto contenido por una atmósfera de transparencia indescriptible. Por unos pocos pero inconmensurables días, desde esa vista el panorama favorito consistió en salir a caminar, a la hora de la marea baja preferentemente, por una alfombra de arena. Cada vez algo así de una hora para conversar y también para escuchar el silencio del mundo en paz.
Los delfines cercanos y las rocas pobladas de musgo verde de mar, exponiendo su descubierta profundidad. Y a la derecha de ida, a la izquierda de vuelta, un farellón de tierra cargada de arboledas autóctonas, visitadas por cabras salvajes que nacieron para escalar paredes como si fueran inmunes a la gravedad.
Star link no funcionó en todos esos días y las pantallas dejaron vacantes sus roles protagónicos en beneficio de la lectura o del espectáculo conmovedor de lo aparentemente inerte, incluida la lluvia caída de su cielo austral.
Ovejas y chanchos, bandurrias y silencios de diversos tonos y toda la figura de la eternidad expuesta en sus hechos.
Pero lo verdaderamente excepcional, no tengo claro como expresarlo puesto que me ha resultado intuitivo. Como de un pálpito diría yo y por lo tanto no muy simple de explicar o demostrar. Cómo sacarme entonces de la cabeza lo que efectivamente discerní, cuando de pronto esa idea abstracta de eternidad entendida como la inexistencia del tiempo, me hizo colindar con el paraíso mismo, escondido antes, pero de pronto visto en mi evidencia, que ahí estaba.
No puedo decir que delante de mí, sino que yo contenido en él. Con mi señora y mi prójimo y mi camino recorrido y mis pequeñeces y mis inseguridades y mis triunfos y mis derrotas y mi discernimiento y mi voluntad y mi existir de haber nacido y mi esperanza de no morir en vano y mi testimonio del alma mía que no me resultaría factible no compartir.
Es que me quede corto en todo sentido, pero doy testimonio de una suerte de paraíso que me visitó o que pude por fin ver.
Infinitas gracias a los dueños de casa que nos invitaron a ese pedazo de humanidad, que fue capaz de ser el sentido más que los arquitectos y de regalarnos el privilegio de la herencia total. Como volviendo a casa, aunque fuera un atisbo, dejando la vida que muere, a cambio de la imagen y semejanza perdida y vuelta a encontrar.
No se me olvide la Estrella, esa potranca que en un momento de distracción se nos acercó derechamente a saludarnos. Allá muy lejos, en los confines donde aún prevalece el eco del Hijo del Hombre que nos llama a volver a casa.
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